Verosimilitud biológica en la inferencia causal

 

 

Gran parte de la investigación sobre el cáncer se ocupa de vincular diversas exposiciones ¾ agentes infecciosos, factores ambientales, riesgos ocupacionales, estilos de vida, uso de medicamentos y tecnologías, etc.¾, con sus posibles consecuencias morbosas. Algunas exposiciones, como el hábito de fumar, son bien conocidas; otras siguen siendo tema de controversia, y aun otras han sido refutadas como factores de riesgo. Entre la investigación de esas exposiciones y la aplicación exitosa de intervenciones preventivas se lleva a cabo el proceso de inferencia causal, en el que se evalúa, generalmente en trabajos de revisión y editoriales, la información disponible. La práctica actual de inferencia causal se basa en dos grupos de criterios: los propuestos por el Director General de Sanidad de los Estados Unidos en 1964 y por Austin Bradford Hill en 1965. Los avances biológicos y su integración con la ciencia de la salud pública en la epidemiología molecular han impartido mucha importancia al criterio causal de verosimilitud biológica. Por eso es de especial interés el comentario que aquí se resume y que constituye un trabajo de revisión de la función de la verosimilitud biológica en la inferencia causal tal como se describe en la literatura metodológica y se usa en la práctica. Por supuesto, debe entenderse que la verosimilitud biológica es solo uno entre diversos criterios que es necesario tener en cuenta en la inferencia causal y que esa verosimilitud depende de los conocimientos biológicos del momento. A lo largo de los años se han destacado tres formas de pensar en lo que es biológicamente verosímil: 1) una hipótesis sobre un mecanismo causal razonable, para el cual no hay pruebas biológicas; un mecanismo razonable y pruebas biológicas que respalden su causalidad; y 3) lo anterior, más pruebas de cómo el factor influye en un mecanismo conocido de la enfermedad. Los autores estudiaron la forma en que estos abordajes aparecen en investigaciones de la relación entre el hábito de fumar y el cáncer cervicouterino, y entre la vasectomía y el cáncer de próstata. En los trabajos publicados durante los años ochenta y noventa sobre el tabaquismo y el cáncer cervicouterino, algunos revisores hicieron caso omiso de algunas o de todas las hipótesis biológicas presentadas y usaron definiciones distintas de verosimilitud biológica. Muchos autores llegaron a inferir causalidad sin pruebas biológicas que apoyaran la hipótesis. Sin embargo, por lo menos uno empleó una definición más estricta de la verosimilitud biológica. Ningún autor mencionó ni describió de modo alguno un modelo básico de carcinogénesis que explicara cómo las pruebas biológicas citadas se relacionaban con ese proceso.

Los estudios sobre morbilidad y mortalidad de hombres que habían tenido vasectomías empezaron a aparecer a finales de los años setenta y principios de los ochenta y en ese decenio se publicaron varios informes de investigación. Uno de casos y controles mencionó la posible relación entre la vasectomía y el cáncer de próstata. De 1990 en adelante proliferaron los estudios sobre ese tema y más de 20 trabajos enfocaron los mecanismos biológicos. En general, el tratamiento de las nociones biológicas siguió más o menos el mismo patrón que la literatura sobre el tabaquismo y el cáncer cervicouterino. Los autores examinaron diversos mecanismos biológicos, pero citaron pruebas que variaban considerablemente. Ninguno explicó cómo abordaba el concepto de verosimilitud biológica ni describió las reglas de inferencia para ese criterio. La única e importante diferencia fue que ninguno afirmó que existiera causalidad. La falta de pruebas biológicas para los mecanismos aducidos fue un argumento común contra la afirmación de que la vasectomía causara el cáncer de próstata (o aun fuera un factor de riesgo) a pesar de los resultados de los estudios epidemiológicos.

En ninguno de estos dos campos de estudio tan divulgados se encuentra nada remotamente parecido a un conjunto de reglas coherente que permita hacerse una opinión sobre la verosimilitud de las pruebas biológicas. Es más, tal parece que nunca se hayan propuesto ni en teoría ni en la práctica esas reglas tan necesarias. Evidentemente, es esencial dar un paso adelante en ese sentido y la primera recomendación es mejorar la calidad de las revisiones de literatura y los metanálisis. En estos trabajos deben darse a conocer a los lectores todas las explicaciones y mecanismos biológicos anteriormente propuestos. Por supuesto, los revisores pueden proponer nuevos mecanismos o excluir alguna que otra hipótesis biológica, pero en este caso deben decir claramente en la sección de métodos por qué la excluyeron. Una revisión de calidad debe declarar cómo y con qué criterios y reglas probatorias se ha hecho la evaluación de causalidad y, como se ha dicho, ese es el elemento que falta. Además, formar un juicio sobre alguna exposición y su efecto carcinógeno puede depender en parte de ciertos aspectos de una situación. Por otra parte, si en el caso del cáncer se conocen procesos que son casi universales, es decir, que ocurren con diversos tipos de tumores, es muy posible formular algunas reglas generales. Estas se basarían en los conocimientos cada vez más amplios sobre la biología del cáncer combinados con teorías generales de metodología y razonamiento científico. Según los fundamentos de la ciencia actual, biología se refiere arbitrariamente a sucesos internos de un organismo. Lo que le sucede a un individuo o a una población se llama conductual o social, respectivamente. Sin embargo, en la biología del cáncer humano hay un gran número de gradientes de explicación del mecanismo; piénsese, por ejemplo, en el acto socialmente mediado de fumar, que luego puede desglosarse en sus muchos efectos biológicos. Así que el segundo gran campo que requiere mejora es el uso de los conocimientos más actualizados sobre los complejos sistemas que interactúan en la biología del cáncer para proponer nuevas reglas aplicables al amplio abanico de resultados de investigación que se examinan al realizar una inferencia causal. (Weed DL, Hursting SD. Biologic plausibility in causal inference: current method and practice. Am J Epidemiol 1998;147:415­425.)

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