Los últimos conocimientos sobre la enfermedad de Alzheimer

 

 

En el proceso de envejecimiento normal, no se pierden enormes cantidades de neuronas cerebrales. En cambio, esta pérdida sí ocurre en pacientes de enfermedad de Alzheimer debido a la alteración de tres procesos clave: la comunicación intercelular, el metabolismo celular y los mecanismos de reparación. A la larga estas alteraciones llevan a las neuronas a dejar de funcionar, a perder su comunicación con otras células y a fenecer. El proceso de destrucción suele iniciarse en aquellas partes del cerebro que controlan la memoria, especialmente el hipocampo. Al principio esto conduce a una pérdida de la memoria reciente y a una disminución de la capacidad para llevar a cabo algunas actividades cotidianas. Más tarde hay una degeneración de la corteza cerebral, particularmente de las zonas responsables del lenguaje y de la capacidad de raciocinio. Se producen alteraciones del habla y del juicio, en muchos casos acompañadas de cambios de personalidad que llevan a episodios de agitación y crisis emocionales, hasta que el paciente acaba postrado, incontinente, completamente desvalido y ajeno al mundo que lo rodea.

El cerebro afectado por la enfermedad de Alzheimer presenta dos anomalías morfológicas: placas amiloides y ovillos neurofibrilares. En época reciente los científicos han logrado descifrar la composición de estas lesiones y las etapas de su formación, aunque aún desconocen si dan origen a los síntomas o si son más bien un resultado secundario de la enfermedad. Pero aún quedan por resolver varios interrogantes, quizá los que plantean mayor dificultad: ¿Qué desencadena el proceso degenerativo en primer lugar y qué factores contribuyen a su desarrollo? ¿Por qué aumenta con la edad su prevalencia? Hay enfermedades, como la tuberculosis, cuya causa es fácil de identificar. Pero este no es el caso de la enfermedad de Alzheimer. Al igual que la artritis y la diabetes mellitus, esta afección obedece a una confluencia de factores genéticos y ambientales y a una serie de fenómenos que se producen en cascada en el cerebro a lo largo de un período prolongado.

Hay dos tipos de enfermedad de Alzheimer: la familiar, que muestra determinado patrón hereditario, y la esporádica, que no muestra ningún patrón de este tipo. Además, hay una variedad relativamente rara que se presenta a edad temprana (antes de los 65 años) y que progresa con rapidez, y otra más común y lenta que aparece en edad avanzada. De la forma familiar, alrededor de 50% se atribuye a la mutación de tres genes situados en los cromosomas 21, 14 y 1. Basta con la mutación de uno de estos genes en un solo cromosoma para que se presente la enfermedad. Todavía no hay pruebas, sin embargo, de que cualquiera de estas mutaciones ejerza un papel importante en la aparición de su forma esporádica. Actualmente los científicos se concentran en tratar de descifrar de qué manera las mutaciones genéticas desencadenan la forma familiar de la enfermedad de Alzheimer y de momento existen numerosas teorías al respecto. De gran interés es la posibilidad de que haya diferencias étnicas y raciales en el riesgo de sufrir la enfermedad, habiéndose observado una mayor propensión en personas cuacásicas que en las hispanoamericanas o de origen africano.

También se han investigado los factores no genéticos que contribuyen al desencadenamiento de la enfermedad. Se cree, entre otras cosas, que con el envejecimiento las neuronas están sujetas al efecto nocivo de la acumulación prolongada de radicales libres, que son productos del metabolismo celular, dentro de las neuronas. Los radicales libres en cantidades excesivas pueden lesionar las células porque son moléculas muy reactivas con la capacidad para modificar otras moléculas cercanas, tales como las de la membrana celular o el ADN, proceso que a su vez estimula la creación de más radicales libres. Ciertas características del cerebro, entre ellas su metabolismo acelerado y la larga vida propia de las neuronas, lo tornan especialmente susceptible al efecto de los procesos de oxidación.

Resulta cada vez más claro que la enfermedad de Alzheimer guarda asociación con otras enfermedades cerebrales, como las que son producidas por priones (proteínas infecciosas recién identificadas), la enfermedad de Parkinson, la corea de Huntington y la demencia frontotemporal. Puede ser que el estudio de la formación de fibrillas de amiloide, propia de las enfermedades causadas por priones, arroje luz sobre la enfermedad de Alzheimer, y que también suceda algo similar cuando se estudien más a fondo las alteraciones genéticas propias de la enfermedad de Parkinson.

Existen actualmente mejores técnicas de diagnóstico que pueden aplicarse en vida y que llevan a la identificación de la enfermedad de Alzheimer en 90% de los casos. Se están elaborando pruebas de función mental capaces de distinguir entre las personas con signos muy tempranos de la enfermedad y las que tienen una pérdida normal de la memoria en función de su edad. También se están explorando maneras de medir en el líquido cefalorraquídeo las concentraciones de ciertas sustancias amiloides y proteínicas cuya presencia pueda servir para diagnosticar la enfermedad. Algunos investigadores han empleado la tomografía por emisión de positrones (positron emission tomography, o PET) para detectar cambios en el metabolismo de la glucosa en las partes del cerebro que se ven afectadas. Se presenta también la posibilidad muy halagadora de usar la resonancia magnética (magnetic resonance imaging, MRI) para medir el tamaño de varias estructuras cerebrales, entre ellas el hipocampo, que se empiezan a atrofiar en etapa temprana de la enfermedad. Incluso es posible refinar el uso de esta técnica hasta poder identificar a las personas cuya pérdida de la memoria se debe a la enfermedad de Alzheimer en fase temprana y a las que sufrirán la enfermedad en etapa posterior.

En cuanto al tratamiento de la enfermedad de Alzheimer, los científicos esperan poder descubrir medicamentos que contrarresten los procesos degenerativos fundamentales. En este momento la Food and Drug Administration de los Estados Unidos ha autorizado dos fármacos que inhiben la acetilcolinesterasa, sustancia que degrada la acetilcolina, a su vez necesaria para la integridad de las funciones cognoscitivas. Uno de ellos es el donezepil, que se usa en casos incipientes, y el otro, la tacrina. El segundo tiene más efectos secundarios que el primero, ayuda solamente a una fracción de los pacientes y por un período máximo de 2 años, y no revierte los síntomas de la enfermedad. Algunos estudios epidemiológicos apuntan hacia la posibilidad de que la terapia estrogénica de reemplazo y el uso regular de algunos antiinflamatorios no esteroides se asocien con un menor riesgo de enfermar. Pero los científicos advierten que estos medicamentos no deben usarse solamente con la intención de conservar intactas las funciones cognoscitivas o de protegerse contra la enfermedad de Alzheimer. Primero es necesario efectuar numerosos ensayos clínicos para confirmar la eficacia y la inocuidad de estos enfoques terapéuticos. (National Institute on Aging. Alzheimer's disease: a puzzle being solved. En: Progress Report on Alzheimer's Disease. Silver Spring, Maryland: NIA; 1999.)

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