MEMORIA E HISTORIA

Discurso de Carlos Matus en la presentación de Adiós, Señor Presidente

Speech by Carlos Matus in the presentation of Adiós, Señor Presidente

 

Matus, Carlos1

1(Chile 1931-Venezuela 1998). Magíster en Alta Dirección y Planificación Estratégica, Universidad de Harvard, EE.UU. Ex ministro de Economía de Chile, 1972. Funcionario del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, Instituto Latinoamericano de Planificación Económica y Social (PNUD-ILPES).

 


RESUMEN

El texto que reproducimos en este artículo fue escrito y leído por Carlos Matus en la primera presentación del libro Adiós, Señor Presidente realizada en 1987, en Venezuela. Matus describe los problemas de los gobiernos de América Latina de aquellos años para abordar la brecha creciente entre la capacidad de gobierno y la complejidad de los sistemas sociales, que exige teorías, técnicas, sistemas y métodos para desarrollar proyectos de gobierno en los que la gobernabilidad del sistema no sea más baja que la magnitud de los problemas. Este documento fue recuperado del fondo Mario Testa, perteneciente al Centro de Documentación e Investigación Pensar en Salud (CEDOPS) del Instituto de Salud Colectiva de la Universidad Nacional de Lanús.

PALABRAS CLAVES Historia del Siglo XX; Programas de Gobierno; Gobierno; Problemas Sociales; Políticas.

ABSTRACT

The text of this article was written by Carlos Matus and read aloud by him at the first presentation of his book Adiós, Señor Presidente [Goodbye, Mr. President] in Venezuela in 1987. Matus describes the problems of the governments of Latin America of that day, in order to address the growing gap between the capacity of governments to govern and the complexity of social systems. For Matus, bridging this gap requires theories, techniques, systems and methods so as to develop government projects in which the governability of the system is not less than the magnitude of its problems. This document was recovered from the Mario Testa fund, in the Center for Documentation and Research Pensar en Salud (CEDOPS) of the Institute of Collective Health in the Universidad Nacional de Lanús.

KEY WORDS History, 20th Century; Government Programs; Government; Social Problems; Policies.


 

Excelentísimo Sr. presidente Dr. Luis Herrera Campins, que nos honra con su presencia; Dr. Eduardo Casanova, presidente de la Fundación Rómulo Gallegos; señoras, señores, queridos amigos:

Quiero agradecerles muy hondamente su presencia y a la Fundación Rómulo Gallegos su hospitalidad. Me acompañan ustedes en un acto que siempre es importante para el escritor. Y, en este caso lo es más, porque me reencuentro con amigos que no veía hace varios años y hoy están aquí a pesar del tiempo transcurrido.

La Editorial Pomaire presenta hoy un libro mío con características muy especiales en su forma bastante desafiantes en el fondo. Adiós, Señor Presidente es una campanada de atención sobre el destino de nuestras democracias.

No hemos meditado con la debida profundidad sobre las exigencias que demanda el gobernar con éxito en nuestras Repúblicas democráticas. Por eso casi estamos acostumbrados a ver, e incluso a aceptar, que a medida que se alternan los gobiernos se acumulan los problemas. La marginalidad, la desocupación, la inflación, la falta de viviendas, el deterioro de nuestras relaciones de poder internacional, el congestionamiento urbano, la pobreza extrema y las deformaciones en la ocupación del espacio geográfico, son problemas antiguos cuya gravedad aumenta día a día. Nos hemos adaptado a convivir con esos problemas.

Algunos gobiernos de la región son más exitosos que otros, pero en la observación de los últimos treinta años los promedios no hacen excepciones aun en los países mejor dotados por riquezas naturales.

No estamos enfrentando con éxito ninguno de los grandes problemas de América Latina. Algunos países de Asia que ayer considerábamos atrasados, después de realizar reformas profundas en sus sistemas sociales, hoy ponen en jaque la competitividad industrial de las grandes potencias mientras nosotros seguimos a la zaga imitando procesos y políticas de dudosa vigencia para nuestras realidades. Vivimos como anestesiados en una frágil comodidad mientras otros pueblos enfrentan con imaginación, agresividad y sacrificios la solución de sus problemas.

El desarrollo científico y tecnológico avanza a pasos agigantados concentrándose en pocas manos, mientras nosotros continuamos a la sombra observando como espectadores su paso veloz. No somos actores del mundo moderno, somos espectadores y dolientes de una creciente desigualdad en la carrera por el progreso. No estamos ganando la batalla contra la pobreza; estamos apenas administrando el crecimiento de la misma.

Los forjadores de nuestras naciones fueron creadores de una nueva sociedad; no fueron tímidos administradores de una sociedad vigente, fueron grandes y audaces transformadores; es cierto que no pudieron crear una America Latina unida, pero su tarea fue gigantesca, digna de verdaderos actores. Hoy, en cambio, parece que ni siquiera podemos administrar ese legado histórico. Vivimos una época de gobernantes gobernados por los hechos, de hombres con la mira baja que apuntan a lo menudo, de líderes sin grandeza que tropiezan con dificultades menores, de gobiernos a la deriva y de conductores conducidos.

La explicación fácil sería que los conductores de antes fueron mejores que tuvieron más voluntad que aprendieron a luchar contra la naturaleza y a remover montañas. Eso puede parecernos en parte la verdad sobre todo a causa de la mistificación que hacemos de sus protagonistas. Pero si analizamos la historia debernos concluir que además de su férrea voluntad y su entrega a objetivos nacionales superiores, ellos tenían una posición clara y firme sobre los problemas de su época y esa claridad y convicción les daba la fuerza, la voluntad y la eficacia para vencer sus debilidades humanas.

Hoy, en cambio, los problemas son graves, nítidos y crecientes, pero sus causas son tan complejas y controversiales que nuestros gobernantes dudan constantemente sobre los medios para enfrentarlas. O esos problemas les parecen tan grandes que deciden asimilarlos como parte del paisaje. Nuestros países son hoy mucho más complejos. Como no tenemos claridad sobre las causas de los problemas ellos nos parecen insuperables, nuestra voluntad resulta más débil y nuestra acción menos eficaz. Por otra parte, la palabra problema ha ensanchado su significado y se ha hecho más exigente. El pueblo exige más libertad, exige un mejor cumplimiento de sus derechos, exige más bienestar, exige más seguridad, exige más igualdad, exige cultura y respeto internacional. Exige más de lo que los gobernantes pueden ofrecer.

Las exigencias son mayores pero la comprensión de nuestros problemas es menor y de consenso más débil. Nuestras capacidades son más pequeñas si las medimos en relación con la magnitud y complejidad de los problemas que las requieren.

Puede que los dirigentes de hoy no tengan menos valor que los forjadores de nuestras naciones, pero los problemas de hoy están cada vez más por encima de sus capacidades. Hay una brecha creciente de capacidad de gobierno, y ello ocurre cuando la gobernabilidad del sistema es más baja y la magnitud de los problemas exige proyectos de gobierno más audaces.

Este cuadro adverso se expresa en mi libro en la impotencia del Presidente para conducir el país hacia resultados escogidos. Adiós, Señor Presidente muestra un gobernante honesto, sincero, preocupado por su pueblo. No es voluntad lo que le falta. Sin embargo, fracasa en sus propósitos. La verdad, es que los sistemas sociales llegaron a ser más complejos que nosotros y estamos perdiendo crecientemente nuestra capacidad de conducirlos. La economía, la política y las organizaciones de hoy son mucho más complejas que antes. El mismo avance de las ciencias naturales ha estimulado una complejidad de los procesos sociales, que las ciencias sociales no alcanzan a comprender. Los sistemas sociales son creativos y proliferan a una velocidad mayor que nuestra capacidad humana para comprenderlos y gobernarlos. No se trata, en consecuencia, de las cualidades personales de un Presidente o de sus ministros. No se trata de personas. Se trata de teorías, técnicas, sistemas y métodos. Nuestros sistemas de gobierno han hecho crisis y nuestros métodos de gobierno resultan primitivos para abordar la complejidad de los sistemas sociales de fines de este siglo. La política a la antigua ya no es suficiente.

En esa perspectiva amplia de análisis es que debe interpretarse Adiós, Señor Presidente. Si este abordaje da origen a críticas oportunistas, pequeñas y personalizadas, ellas no solo se alejan del propósito del libro, sino que lo contradicen pues desvían la atención hacia la casuística menor y particular.

El problema central es este. Gobernar es cada vez un problema más complejo y por consiguiente existe una tendencia real que hace que la talla de nuestros gobernantes este cada vez más lejos de sus tareas. Esas tareas ya no pueden ser individuales porque requerirían superhombres. Esas tareas son de equipos especialmente preparados para gobernar. Los países, poquísimos por cierto, que pueden mostrar éxitos de conducción en el mundo contemporáneo, lo han logrado no en base a personalidades geniales, sino a sistemas, métodos y equipos de gobierno adecuados y calificados. No hay otra alternativa. Lo demás es siembra de ilusiones electorales para cosechar frustraciones a finales de gobierno. La clave del futuro son equipos de dirección que apliquen métodos potentes de gobierno. Hasta ahora hemos puesto más atención en el diseño de los programas de acción que en los equipos y métodos de gobierno, sin pensar que la capacidad de concebir y ejecutar imaginativa y eficazmente un proyecto de gobierno exige equipos humanos y métodos adecuados y potentes. Sin equipos y técnicas de gobierno potentes, los programas electorales son letra muerta y los programas de acción que 1as contradicen en la coyuntura devienen en improvisación.

Estas tesis tienen enormes y serias implicaciones sobre nuestro sistema democrático, los partidos políticos, las organizaciones sociales y las universidades.

La democracia no podrá defenderse si no muestra éxito en la solución de los problemas comunes que aquejan a la gente. Los partidos políticos, que son el sostén principal de la democracia, perderán prestigio y confianza ante la ciudadanía si no elevan drásticamente su capacidad de comprensión de la realidad social en que existen y cambian su estilo de hacer política para concentrarse más en los problemas terminales del sistema social y menos en los problemas intermedios de las relaciones intra e inter partidarias. Lo que es importante para los políticos no parece ser lo importante para los ciudadanos. Revalorizar la política es reencontrarse con las demandas populares sin caer en el populismo.

Las organizaciones sociales, de empresas y trabajadores, sin dejar de representar legítimamente sus intereses, tendrán que preocuparse cada vez más y con más rigor por los problemas nacionales; ello exige una formación distinta de los líderes empresariales y sindicales para que orienten corrientes fundadas de opinión sobre las grandes cuestiones nacionales.

Las universidades tienen la obligación de acortar la distancia que existe entre la realidad social y las ciencias sociales, especialmente en lo que se refiere a las ciencias y técnicas de gobierno, los métodos de planificación y la teoría de la organización. Pero su objetivo principal debería ser la convergencia de las ciencias sociales hoy departamentalizadas. Como dice Ackoff: "El mundo no está organizado como las universidades". En el mundo no existe el departamento de economía, de sociología y de la política. El mundo es una unidad que rechaza parcelas y hace cada vez más ineficaces las ciencias sociales apotreradas. Esos cercos son artificiales y de utilidad metodológica transitoria. La eficacia económica no existe con independencia de la eficacia política y la eficacia política es imposible sin la eficacia económica. Las ciencias tienen que facilitar la mediación del conocimiento y la acción.

Nuestros gobernantes reciben solo un débil apoyo de las ciencias sociales, en parte porque su practicismo e inmediatismo las desvaloriza, pero además porque esas ciencias parceladas son de tan poca ayuda para el gobernante que éste refuerza sus convicciones pragmatistas en su contacto infructuoso con ellas.

Pongo este énfasis en las ciencias y técnicas de gobierno no porque crea que los problemas ideológicos y de intereses de clases y fuerzas sociales sean poco importantes para explicar lo que ocurre. El egoísmo de los poderosos explica buena parte del problema, pero no todo el problema. Pongo este énfasis en las tecnologías de gobierno porque la experiencia nos dice que más allá del signo político de nuestros proyectos, principalmente somos ineficaces para gobernar. Ineficaces a la derecha o ineficaces hacia la izquierda. Uno y otro caso no dan los mismos resultados, pero uno y otro caso sufren de la misma enfermedad: métodos primitivos de gobierno.

Estas tesis son tan importantes como complejas, pero nuestra vida cotidiana nos absorbe en miles de cosas menores que compiten con nuestra capacidad de recogimiento y reflexión. Nos ocurre lo mismo que a los gobernantes: no nos queda tiempo y voluntad para lo importante. Vivimos hipnotizados por los pequeños problemas de la vida cotidiana y ciegos a los grandes problemas. Nadie lee tesis complejas y tediosas. La cotidianidad intrascendente nos agota y buscamos instintivamente el entretenimiento.

Por eso decidí intentar una aventura: combinar en un libro la novela y el ensayo. Con la novela quisiera entretenerlos mostrando los problemas de un gobernante bien intencionado en un país ficticio. Con el ensayo quiero impulsarlos a razonar sobre la gravedad y las causas de lo que ocurre en la novela. Porque, al final, la novela solo es ficticia en la forma: ella relata una realidad que vivimos cada día en cualquier lugar de nuestra América.

Gracias por acompañarme, se los agradezco infinitamente.

Universidad Nacional de Lanús Lanús - Buenos Aires - Argentina
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