EDITORIAL

Homenaje a Giovanni Berlinguer (1924-2015)

Homage to Giovanni Berlinguer (1924-2015)

 

Tambellini, Anamaria1; Testa, Mario2; Escorel, Sarah3; Rojas Ochoa, Francisco4; Minayo, Maria Cecília de Souza5; Laurell, Asa Cristina6; Franco, Saúl7; Fleury, Sonia8; Mercer, Hugo9; Bahia, Ligia10; Escudero, José Carlos11; Castellanos, Pedro Luis12.

1Escola Nacional de Saúde Pública Sergio Arouca, Fundação Oswaldo Cruz, Brasil. 2Instituto de Salud Colectiva, Universidad Nacional de Lanús, Argentina. 3Escola Nacional de Saúde Pública Sergio Arouca, Fundação Oswaldo Cruz, Brasil. 4Academia de Ciencias de Cuba, Escuela Nacional de Salud Pública, Cuba. 5Escola Nacional de Saúde Pública Sergio Arouca, Fundação Oswaldo Cruz, Brasil. 6Investigadora y consultora, México. 7Universidad Nacional de Colombia, Universidad de Santo Tomás, Colombia. 8Escola Brasileira de Administração Pública e de Empresas, Fundação Getúlio Vargas, Brasil. 9Instituto de Ciencias de la Salud, Universidad Nacional Arturo Jauretche, Argentina. 10Instituto de Saúde Coletiva, Universidade Federal do Rio de Janeiro, Brasil. 11Universidad Nacional de Luján, Universidad Nacional de La Plata, Argentina. 12Programas Especiales de la Presidencia, República Dominicana.

 

Giovanni Berlinguer (Sassari 1924 - Roma 2015) fue profesor de Medicina Social en la Università degli Studi di Sassari y de Higiene del Trabajo en la Università degli Studi di Roma "La Sapienza", donde recibió el título de profesor emérito en el año 2001. Distintas instituciones le otorgaron el título de Doctor Honoris Causa, entre ellas las universidades de Montreal y de Brasilia, y la Fundação Oswaldo Cruz. Fue condecorado por la Presidencia de la República Italiana como Cavaliere di Gran Croce Ordine al Merito della Repubblica Italiana y con la Medaglia ai benemeriti della scienza e della cultura.

Entre 1972 y 1983 fue electo diputado nacional en varias ocasiones y, en 1983, senador de la República Italiana. En 2004 ingresó como diputado al Parlamento Europeo. Integró la Comisión sobre Determinantes Sociales de la Salud de la Organización Mundial de la Salud y fue miembro del Comité Internacional de Bioética de la Unesco.

Junto a Franco Basaglia, Julio Maccacaro, Laura Conti, Ivar Oddone, Mario Timio, Gastone Marri y tantos otros, fue partícipe fundamental del movimiento sanitario italiano, una construcción y movilización colectiva conformada por centenares de agrupaciones obreras, sindicales, sociales, políticas y profesionales, que logró la aprobación de una nueva legislación laboral en 1970, a partir de problematizar la salud en el ámbito fabril y que, ocho años después, produjo la Reforma Psiquiátrica y la Reforma Sanitaria.

Esa experiencia de lucha lo transformó en una figura central para el movimiento latinoamericano de Medicina Social y de Salud Colectiva. Sus libros traducidos al portugués y al español constituyen referencias ineludibles para una lectura social del proceso salud-enfermedad-atención.

Sergio Arouca lo consideraba uno de los principales mentores intelectuales de la Reforma Sanitaria Brasileña. La primera edición en portugués de Medicina e Política de 1978, para sorpresa de los editores, vendió 7.000 ejemplares en Brasil. David Capistrano Filho –editor de la colección– en la presentación de la segunda edición menciona que el libro influenció a los profesionales de la salud, especialmente a los dedicados a los problemas de higiene y seguridad en el trabajo.

Según el concepto de conciencia sanitaria que Berlinguer desarrolla en ese libro, la salud es un derecho de las personas y es de interés de una comunidad en la que las fuerzas sindicales y políticas son de suma importancia en la consecución de ese derecho. Esta idea marcó la agenda sanitaria y nos señala que aún es una tarea pendiente. Sus aportes al desarrollo de temas como la relación salud y trabajo, ética y bioética fueron sustanciales. Sus más de 50 libros y los incontables artículos dan cuenta de ese compromiso.

Salud Colectiva ha reunido en este editorial a algunas personalidades de Brasil, México, Colombia, Cuba, República Dominicana y Argentina que sostuvieron ese fuerte vínculo que unía a Giovanni Berlinguer con Latinoamérica, para rendirle homenaje a uno de los grandes pensadores y políticos de la Medicina Social y la Salud Colectiva.

 

Homenaje a nuestro notable amigo italiano

Anamaria Tambellini

Giovanni Berlinguer, hombre de múltiples actividades, cuidador de cuerpos y almas, ciudadano del mundo, un comunista convencido y activo, un luchador de la salud por la vida donde sea que anduviera y adonde fuese convocado. Era un profesor. Cargaba consigo su experiencia, sus estudios y escritos, y era también un ejemplo de integridad, dedicación y afecto que compartía con todos: un ser humano solidario y generoso.

Recuerdo particularmente, en el año 1977, cuando se realizó una reunión en Italia organizada por la International Association of Health Policy (IAHP) en la que los participantes europeos, latinoamericanos y caribeños, norteamericanos y africanos se hospedaron en la Confederazione Generale Italiana del Lavoro (CGIL), un espacio donde se respiraba política. Eran tiempos del denominado "compromesso storico" que reunió comunistas, socialistas y demócratas cristianos en un esfuerzo político unitario y ahí convivimos con los sindicalistas italianos. Discutíamos los problemas, posiciones y propuestas referentes a la cuestión salud, desde la medicina social y una salud pública renovada. Formábamos un grupo políticamente definido que se consideraba representante de las izquierdas de nuestros países de origen y militábamos en diferentes grupos y partidos políticos. Como era de esperar, tuvimos muchos embates y disputas ideológicas, políticas y teóricas que, sumadas a las especificidades de cada país, redundaban en fuertes discusiones respecto de las diferentes estrategias de lucha presentadas por los participantes.

La reunión terminó siendo muy productiva: amplió nuestros horizontes en la definición de los problemas, aumentó el grado de cohesión y determinación del grupo y fortaleció la idea de crear asociaciones regionales, lo que de hecho sucedió en los siguientes años.

Durante la reunión me causó admiración la manera tranquila y amigable en la que Berlinguer se acercaba y discutía colectivamente y también con los grupos e individuos en particular los "casi litigios" en los que nos involucrábamos. Observé la ponderación y el respeto con que identificaba y relativizaba los puntos más polémicos de las posiciones consideradas irreductibles por sus defensores, consiguiendo siempre colaborar a una reflexión que, en la mayoría de los casos, llevaba a un posible acuerdo de y entre compañeros. Puedo testimoniar que actuaba como un perfecto anfitrión y que su experiencia de vida, asociada a una gran sagacidad política, le permitía obtener los mejores resultados de los encuentros, en los que contaba con nuestra voluntad para que todo saliera bien.

Hoy considero que el éxito de aquella reunión definitoria, travesía tempestuosa, momento de decisión política colectiva y democrática, fue mérito del profesor Berlinguer. Esto se hizo evidente para mí casi cinco años después, cuando lo encontré en otra reunión y me contó su versión de los hechos: en aquel encuentro, desde el hospedaje hasta las visitas a los museos y ciudades históricas, los conciertos, las comidas conjuntas, las rondas en las que charlábamos y cantábamos, las discusiones con los sindicalistas locales, el cuidado y el apoyo en los momentos de confusión y confrontación, todo había sido planeado con un propósito superior: ayudarnos a estar bien, a sentirnos en casa en un lugar extranjero, a establecer lazos de afecto, de amistad y de hermandad de forma placentera y responsable. Todo eso para que pudiéramos dar cuenta de la urgencia y de la necesidad de alcanzar una unidad de propósitos en la lucha por la salud en el plano de la vida y en relación pacífica con la naturaleza. Él nos conocía más de lo que suponíamos, nos aceptaba como éramos, creía en la gente y, principalmente, nos quería y nos consideraba sus iguales.

Le estaré siempre agradecida al profesor Berlinguer por haberme mostrado el sentido y el valor de la solidaridad política y porque me ha permitido aprender, con su ejemplo pleno de generosidad y confianza, que el afecto aliado a la razón es el fundamento de nuestras victorias.

¡Su bendición, mi maestro!

 

"Un comunista italiano"

Mario Testa

Giovanni se autodefinía como "un comunista italiano", tal como me escribió cuando el Partido Comunista Italiano (PCI) resolvió abandonar su histórico nombre y crear el Partito Democratico della Sinistra (PDS). La justificación era contundente: "la edad promedio de los afiliados al partido supera los 50 años".

Siempre mantuvimos un diálogo cordial, aún expresando opiniones muy divergentes, desde la noche que lo conocí en el aeropuerto de Maiquetía adonde fui a buscarlo en su primera visita a Venezuela. Había leído su libro Malaria Urbana y lo invité para participar en el curso que dirigía por ese entonces (a comienzos de la década de 1970) en el Centro de Estudios del Desarrollo (CENDES).

Cuando leyó alguno de mis artículos en los que menciono a Althusser y su concepto de aparatos ideológicos del Estado me criticó enfáticamente por utilizar esa idea que juzgaba completamente errónea. En otra oportunidad me contó de su presentación en un congreso de historia, en el que argumentó que el llamado descubrimiento de América había sido –en realidad– un encuentro de civilizaciones, lo que fue fuertemente rechazado por mí señalando que –a mi juicio– lo que se había producido a partir de entonces era un aumento de la deriva de los respectivos continentes.

Pero el respeto en el disenso fue lo que permitió –o mejor dicho estimuló– una amistad y un diálogo fértil (para mí) que fue siempre muy grato.

Lo visité en su casa de Roma, un rincón tranquilo en una pequeña calle sorpresivamente cerca de la Piazza di Spagna, donde él cocinaba los tallarines que comimos en compañía de Asia y de la dulce Giuliana, a quien recuerdo con su rostro feliz de enamorada.

Compartimos en muchas oportunidades y en muchos países conferencias y debates que enriquecieron mi pensamiento. Su partida entristece mi corazón.

 

Dignidad y gentileza

Sarah Escorel

En mi recuerdo, Berlinguer se mantuvo físicamente siempre igual: delgado, con el cabello blanco y ralo, la espalda un poco encorvada, la mirada atenta y penetrante, la sonrisa amable, las facciones delicadas. En los más de 20 años que tuve contacto con él, la edad fue acentuando los mismos rasgos y las manchas seniles fueron apareciendo en un rostro que conservaba un aire de niño gentil y educado.

Primero conocí sus textos. La colección Medicina e Política, publicada en Brasil por el Centro Brasileiro de Estudos de Saúde (CEBES), fue una de las primeras referencias en mi formación de sanitarista militante. En particular, el concepto de conciencia sanitaria. En la investigación para elaborar mi tesis de maestría Reviravolta na Saúde, su importancia para el movimiento sanitario brasileño quedó clara en los relatos de los entrevistados. Aunque al publicar el libro, en 1999, haya mantenido la dedicatoria original en la que solo mencionaba a Juan Cesar García, en la reimpresión de 2009 corregí esa falla y dediqué el libro a García y a Berlinguer, padrinos del movimiento sanitario, como realmente lo fueron, en formas diferentes pero igualmente cruciales.

En ese libro consideré una "osadía política y financiera" que el CEBES trajera a Berlinguer para el lanzamiento de Medicina e Política en Río de Janeiro, San Pablo y Bahía, en plena dictadura militar. No recuerdo cuál de los entrevistados me dio esa información, pero al leer el fragmento sobre su pasaje por Brasil, en 1978, Berlinguer se rió mucho de la expresión "osadía financiera", tanto así que pensé que tal vez no era verdad que el CEBES le hubiera pagado su pasaje. Pensé incluso en sacar esa referencia, pero la mantuve. Le agradaba mi libro y, sobre todo, que alguien hubiera contado la historia del movimiento al cual se había vinculado y al que acompañaba con el interés de quien se sentía parte integrante.

Estuvimos juntos en diversas ocasiones en congresos, conferencias, presentaciones, en las que siempre admiré su integridad, el no sucumbir a los "modernismos" ni de vocabulario ni de conceptos que, en el fondo, encubrían una realidad social de desigualdad e injusticia, como la que denominó "fundamentalismo monetarista" en el congreso de la Asociación Latinoamericana de Medicina Social (Alames) y de la International Association of Health Policy (IAHP), en Guadalajara, en 1994.

En el seminario organizado por el Núcleo de Estudos Político-Sociais em Saúde (NUPES), en 1987, sobre la Reforma Sanitaria de Brasil e Italia, Berlinguer acuñó una frase que cité reiteradamente: "la salud de las personas es el verdadero carácter revolucionario de la Reforma Sanitaria". De ese modo colocó el foco en los seres humanos en vez de ubicarlo en los mecanismos, instrumentos e instancias de gestión y financiamiento.

Recuerdo cómo me sentí representada cuando, durante la ceremonia de cierre del congreso de la IAHP en Canadá, en 1996, Berlinguer se levantó y salió del auditorio, irritado por la idea defendida por el representante del Banco Mundial, de la salud como mercancía. Y de la emoción que sentí al oír su conferencia en el congreso de la Associação Brasileira de Saúde Coletiva (ABRASCO) en 2006 cuando, una vez más destacó los valores éticos que guiaban su conducta y su pensamiento. Y me acuerdo de él tan a gusto en una mesa del congreso de Alames realizado en La Habana, Cuba, en 2000, avisando por micrófono que no era necesario que el conferencista hablara a los gritos, pues todos estábamos escuchando muy bien lo que decía.

Berlinguer no imponía sus ideales y los exponía siempre con mucha tranquilidad y solidez, como si dijera que no estaba allí para convencer, sino para dar a conocer sus ideas. Tampoco tergiversaba ni criticaba directamente lo que consideraba una tonteria o una trampa ideológica.

Recuerdo el abrazo que me dio en el velatorio de Sergio Arouca, en 2003, él venía del congreso de ABRASCO en Brasilia; la cena con comida bahiana en Ipanema con su mujer y sus hijas, en 1996; y la última vez que nos vimos, en Londres, en noviembre de 2008, en el seminario de presentación del informe de la Comisión de Determinantes Sociales de la Salud. Cuando me acerqué, parecía no reconocerme. Tal vez, recordara otra imagen. Tal vez, ya estaba perdiendo la memoria. Pero en seguida me abrazó efusivamente, como siempre, y me contó que estaba muy feliz con su nueva generación de nietos, casi 20 años después de la primera generación, y narró todas las gracias dichas y hechas por los pequeños.

Berlinguer fue y continuará siendo una de mis principales referencias éticas y teóricas. Fue una persona encantadora. Fue un privilegio compartir con él esos momentos.

 

Tributo al Maestro

Francisco Rojas Ochoa

Perdimos la presencia física de Giovanni pero su recuerdo y espíritu de lucha por la salud de los pueblos vivirá siempre entre los que lo conocimos y aprendimos tanto de él.

Fue longevo en la fidelidad a los principios ideológicos que abrazó desde joven, influenciado por su padre, y que lo llevaron a militar en el Partido Comunista Italiano hasta la fragmentación de éste. Actuó en política, fue electo diputado tres veces, dos senador y eurodiputado una vez.

Recibió numerosas condecoraciones. Disfruté de su discurso de aceptación del Doctorado Honoris Causa por la Université de Montréal, en 1996, en ocasión de un congreso de la International Association of Health Policy (IAHP), de la que fue fundador.

Lo conocía de México D.F., de otro congreso. Fue siempre en estas ocasiones que nos encontramos, en los congresos de la IAHP y los de la Asociación Latinoamericana de Medicina Social (ALAMES): Buenos Aires 1997, Perugia 1998, La Habana 2000, Palma de Mallorca 2002. En cada ocasión, ejercía su magisterio con singular profundidad y sencillez, convenciendo y venciendo.

Al margen de las presentaciones y debates en congresos, en pequeños grupos (cara a cara) fue donde pude conocer su gran sabiduría, más afilada en su expresión verbal, apasionada, sin aspavientos, entregado sin rodeos y sin guardar "cartas escondidas". Fueron en cada ocasión horas robadas al sueño que nadie sentía. En estas tertulias autónomas intracongreso, yo observaba en prudente silencio, alguna pregunta ocasional. La razón: la talla de algunos interlocutores, entre otros, Vicente Navarro y Hans Ulrich-Deppe.

Tuve la satisfacción de entregarle el diploma que lo hacía Miembro de Honor de la Sociedad Cubana de Salud Pública. Sus palabras de aceptación conmovieron a los que escuchábamos.

También tuve un privilegio que devino en una acabada lección de historia y política. Fue cuando reuní y escuché la larga conversación entre Giovanni y un relevante intelectual cubano, Alfredo Guevara. Se habían conocido cuando representaban a los estudiantes universitarios de sus respectivos países en la Unión Internacional de Estudiantes en Praga (1949-1953). Comenzaron hablando de aquellos tiempos, luego de la estancia de Alfredo en Roma y después de "lo humano y lo divino", y así compartieron muchas tareas estos marxistas incurables.

Giovanni dirigiéndose a Alfredo dijo que se despediría de todos el último día del congreso, pero que estaría algunos días más en La Habana, explorándola "para disfrutar lo que cuentas". Así lo hizo, mi ayuda final fue reservar habitación en un hotel de La Habana Vieja. Varios días después recibí una amable carta en la que me decía: "la exploración fue un éxito".

En su cátedra, en los artículos, en las conferencias o en el lugar y momento pertinentes, Berlinguer fue un tenaz defensor de la Revolución Cubana, también un reflexivo crítico de algunos aspectos de nuestro sistema de salud, lo que apreciamos tanto como sus elogios.

En sus últimos años de trabajo dedicó mayor atención a la bioética, lo que lo llevó a ser presidente del Comitato Nazionale per la Bioetica de Italia y miembro del Comité Internacional de Bioética de la Unesco. Al respecto reproduciré aquí una cita de Giovanni que he utilizado en varias ocasiones al tratar este tema:

Se habla mucho de la ética en salud, y está bien. Pero me parece que el problema ético fundamental es que ahora contamos con la mayoría de los conocimientos y las tecnologías para conseguir "la salud que podríamos tener", y no la alcanzamos ni a nivel local, nacional y global.

Un imperativo moral nos convoca a los que tanto aprendimos de Giovanni: cuidemos y entreguemos su legado a las jóvenes generaciones de salubristas.

 

Compromiso con la vida y la salud

Maria Cecília de Souza Minayo

Para los militantes de la Salud Colectiva en Brasil, el nombre Berlinguer suena como el de un compañero de jornada y el de un miembro del panteón de fundadores del pensamiento de la Reforma Sanitaria. Al fundamentar sus estudios en las bases teóricas de las ciencias políticas aplicadas al campo de la salud, el doble rol de intelectual y político lo llevó a profundizar y a dar trascendencia a los hallazgos de sus investigaciones al orientarlos hacia la transformación social; y lo aplicó tanto en el debate de la Reforma Sanitaria Italiana como en el apoyo que le concedió al proceso de la Reforma Brasileña.

Quiero hacerle un homenaje recuperando dos fragmentos del libro Reforma Sanitaria: Italia e Brasil, de su autoría junto con Sonia Fleury y Gastão Wagner de Sousa Campos. "Mis lectores maliciosos insinúan que desde 1959, cuando publiqué con Severino Delogu La medicina è malata, reescribo cada año el mismo libro". Con ironía Berlinguer justificaba la repetición: no había nada nuevo que mostrar, a no ser la permanente pusilanimidad de los políticos frente a ciertos intereses que obstaculizaban la votación de la Reforma Sanitaria Italiana. Pasarían casi 20 años de lucha antes de que fuese aprobada en 1978. En el mismo texto el autor preveía las rencillas y las dificultades que se producirían después de la aprobación de la Ley: "Es probable que los conservadores en el futuro imputen las carencias asistenciales y las disfunciones operacionales que inevitablemente surgirán, no a la pesada herencia del pasado, sino a la Ley de la Reforma y a la propia idea de que la salud pública sea pasible de reforma". Berlinguer alertó también sobre el contexto macrosocial: la crisis del sistema de bienestar en Europa se profundizaba mientras se implementaba la Reforma Italiana, que continuaba influenciando el pensamiento político hegemónico en la época de la Reforma Sanitaria Brasileña.

Al traer a este homenaje la propia voz del autor tan querido por quienes militan en la Salud Colectiva, destaco dos aspectos que considero pertinentes.

El primero es el compromiso con un tipo de producción científica orientada a la transformación, que es el propio sentido de la ciencia, como Bertolt Brecht resaltara, de forma dramática, al teatralizar la obra de Galileo Galilei Discursos sobre dos nuevas ciencias. En su obra, Brecht interrogaba a los espectadores sobre el clima de omisión o de colaboración por parte de muchos intelectuales frente al régimen nazi: "¿Seremos científicos si no nos importan las personas? [...] Yo sostengo que la única finalidad de la ciencia es aliviar el sufrimiento de la existencia humana".

El segundo aspecto que quiero subrayar es su visión sobre el esfuerzo que exigen los proceso de reforma, tanto en Brasil como en Italia, que implican transitar caminos difíciles y polémicos para conseguir cambios estructurales y culturales en un sistema marcado por la lógica hospitalocéntrica y centralizadora, cuyos intereses se alinean para desacreditar la nueva propuesta.

Este es el caso del Sistema Único de Salud (SUS), en cuya formulación colaboró Berlinguer, que sigue viviendo la dinámica siempre inestable y provisoria de sus éxitos y sus deficiencias, manteniendo un equilibrio incierto, enfrentando a los grandes intereses privatistas que lo obligan a adaptarse, corregir rumbos, incluir nuevos temas y construir técnicas gerenciales adecuadas para ser efectivo. Pero el SUS no puede perder su norte que es responder a las necesidades de la población brasileña: su único objetivo inamovible.

Para terminar, sin espacio para hablar de su contribución en tantos otros temas, quiero celebrar el compromiso con la salud y con la vida como los más importantes legados de Berlinguer.

 

Un hombre cabal

Asa Cristina Laurell

La noticia de la muerte de Giovanni Berlinguer me hace recordar con profundo respeto y afecto al Maestro de todos nosotros, a este intelectual orgánico, dirigente político, diputado, senador, hacedor de la reforma sanitaria, médico, escritor, profesor, investigador y compañero sempiterno de la talentosa, sagaz y generosa Giuliana. Y como si fuera poco, era navegante, ciclista, carpintero y se defendía como cocinero pero, curiosamente, nunca lo vi bailar.

Encarnaba todas las virtudes que hoy quisiéramos ver en los políticos. Un militante como se era en aquellos tiempos: fiel a los principios y al pueblo, estudioso y culto, ajeno a todo tipo de derroche y, acérrimo enemigo de la corrupción. Jamás haría un desplante para mostrar el poder que tenía. Era un hombre sencillo y atento en el trato con todos. No necesitaba alzar la voz en una discusión. Su autoridad provenía de su sabiduría demostrada y su integridad a toda prueba.

Solo se puede entender plenamente a Giovanni como político y militante en el contexto del Partido Comunista Italiano de la segunda posguerra hasta fines de la década de 1990 ya con otro nombre. Fue un partido de masas con decenas de miles de células de base en las que la militancia discutía libremente todo con solidez y mucha información, desde las estrategias sindicales, pasando por la cultura, hasta cuestiones de política internacional. Contaba además con una intelectualidad crítica, creativa e innovadora. Allí se ganaba el lugar de dirigente por cualidades, no por conexiones.

La vasta experiencia de Giovanni en la acción política concreta, en la que se arriesgan decisiones trascendentes en momentos cruciales, se refleja en la amplitud de sus preocupaciones. Incursionó con rigor en temas como la salud, el trabajo, la ciencia, la educación, la cultura, la ética y la juventud, y en cada uno de estos ámbitos promovió y logró cambios conceptuales y de la práctica. Cuando decidió no postularse por tercera vez al Senado nos mandó a sus amigos una carta explicando que era para darles espacio a las nuevas generaciones.

Tuve el privilegio de discutir con él muchos y variados temas. Comiendo en su cocina me explicó que se adoptó el "Compromiso Histórico" viendo que en las comisiones obreras de base se reunían los trabajadores comunistas, socialistas y demócrata-cristianos y parecía que los partidos también debían hacerlo, pero reconoció que había sido un error. Reflexionamos sobre la epistemología del Modelo Obrero Italiano. Su posición era la de un materialista. Argumentó que la experiencia obrera es una fuente de conocimiento pero como refiere hechos reales se debería poder acceder por otras vías al mismo saber. Otro tema de diálogo fue la Reforma Sanitaria Italiana y los problemas que entrañaba; discusión de plena actualidad hoy.

Sin saber lo premonitorio que resultara, me explicó que solo se pudo enfrentar a la mafia siciliana al calor de un movimiento popular. Otro asunto que le preocupaba era la corrupción en la política italiana. Cuando se derrumbaron los otros partidos por esta causa, me comentó con orgullo que el PCI salió bien librado. En una de nuestras últimas pláticas expresó su tristeza por la descomposición de la política italiana con Berlusconi y su extrañeza por los avances del "pensamiento único".

En todas las discusiones tenía una visión profunda, informada, crítica y autocrítica. Reconocía problemas, propios y ajenos, y buscaba resolverlos. Siempre estaba dispuesto a escuchar para corregir errores y trazar nuevos caminos. Su pensamiento ha tenido una influencia profunda en la izquierda sanitaria latinoamericana y seguirá presente por su actualidad y su método.

Los seres humanos como Giovanni no mueren, siguen vivos en su legado y con su ejemplo.

 

Esencial y entrañable

Saúl Franco

Creo que cinco conceptos resumen el abecedario esencial de la vida y el legado del entrañable maestro y amigo Giovanni Berlinguer: ciencia, salud, ética, política y amistad.

Fue un científico, un científico social. Desde el momento en que se graduó de médico en la Universidad de Roma en 1958, hasta cuando su mente luminosa empezó a borrarse en las sombras implacables de la vejez, fue un permanente buscador de explicaciones. Un investigador, siempre con preguntas inteligentes y permanente capacidad de sorprenderse. Investigó sobre la enfermedad, sobre la fisiología del trabajo, sobre las patologías urbanas, sobre la dinámica y los determinantes de la salud en la sociedad, sobre la historia y el sentido de la bioética. Investigó y enseñó. Y lo hizo en su país y en muchos países del mundo, demostrando una especial predilección por América Latina, en donde lo tuvimos con frecuencia –¡qué suerte!– desde fines de la década de 1970. Y si el humor es la prueba reina de la inteligencia, él era un sabio, porque lo tuvo de sobra y con una agudeza e ironía que resolvía en risas los más agrios debates.

La salud fue su hábitat, el objeto de sus búsquedas y su campo de lucha. En ella se movía como pez en el agua. Exploraba siempre primero su correlato, la enfermedad, a la que le dedicó buena parte de sus escritos. Reconocía que sobre la enfermedad había muchas definiciones y pocas certezas. Y la fue perfilando como sufrimiento, diferencia, peligro, señal y estímulo. Nos enseñó a relacionar la salud con el trabajo, con la política, con la ética, con la globalización, y a entenderla como realidad indivisible y siempre cosida a la vida. Denunció que los gérmenes patógenos viajaban por todo el mundo sin pasaporte ni visa, y advirtió tempranamente sobre el carácter patógeno del sistema capitalista. En defensa de la vida, fue relator de la ley que legalizó el aborto en Italia. Y en defensa de una visión amplia de la salud fue parte de la Comisión de Determinantes Sociales de la Salud conformada por la Organización Mundial de la Salud a principios de este siglo.

Acercó la ética a la vida cotidiana e iluminó con sus ideas debates éticos "de frontera" en la sociedad actual, sobre asuntos como la experimentación en humanos, la reproducción, la eutanasia, el trasplante de órganos y la ética médica.

La política estaba en su ADN. Y la ejerció como dirigente estudiantil; como militante, desde el Partido Comunista Italiano hasta el Partido Socialista Europeo; como diputado y senador en Italia; como el más viejo y respetado de los eurodiputados desde 2009; y como internacionalista incansable. Siempre pluralista. Siempre demócrata. Siempre tolerante.

Un filósofo colombiano –Fernando González– decía que los amigos son aquellos con quienes no tenemos negocios sino secretos. Giovanni fue un amigo de verdad. Confidente. Discreto. Cálido. Siempre con la misma sonrisa con la que llegaba en su clásica bicicleta al Senado italiano, y con una mezcla de malicia e ingenuidad en su semblante apacible. Conservo como un tesoro sus notas manuscritas y las dedicatorias afectuosas de sus libros porque, como yo, pertenecía a la era del papel. Y jamás olvidaré su sonrisa de abuelo cuando mi hijo menor, entonces niño, le dio una nalgada en el apartamento de Río de Janeiro. Fue un ser humano excepcional. Por eso este inmenso dolor con su muerte. Pero también esta certeza de que solo se ha ido en parte, de que su legado es una mina que apenas estamos empezando a explorar y a disfrutar, y de que su amistad trasciende ahora el tiempo, como antes la distancia.

 

Humanista y militante de la vida

Sonia Fleury

¿Qué es lo que une al Berlinguer de libros como A Saúde nas Fábricas, Medicina e Política y Reforma Sanitária Itália e Brasil con su reciente trabajo O mercado humano escrito con Volnei Garrafa? En el primero analiza las reivindicaciones de los trabajadores y sindicatos que crearon organismos embrionarios de control popular de la salud; en el segundo discute cómo las reivindicaciones sanitarias dieron lugar a la conciencia sanitaria entre las fuerzas sociales que se unieron para constitucionalizar el derecho universal a la salud; en el tercero nos enseña que luego de veinte años de lucha por la aprobación del Sistema Nacional de Salud, la lucha por la Reforma Sanitaria estaba apenas comenzando; y en el último libro estudia la compra y venta de partes del cuerpo desde un punto de vista bioético.

Creo que el hilo conductor de esas obras es, por un lado, su profundo humanismo, que rechaza la dominación de los seres humanos y su sumisión a la explotación, lo que lo aproxima a los humanistas cristianos. Por otro lado, la convicción permanente de que la salud, la vida, los cuerpos, no pueden ser tratados como mercancías, incluso cuando el capitalismo los constituye como tales, lo que lo inserta en el campo de la lucha de clases del marxismo.

Transitar entre los valores humanistas y los valores insurgentes de la lucha de clases hizo de él un cientista original y un militante transnacional en busca de la democracia, que marcó de forma indeleble la construcción de la salud colectiva en América Latina. Con él aprendimos a abordar la conciencia sanitaria como una categoría científica articulada a la lucha por la hegemonía, que le permitía ver la monetarización de la salud defendida por los sindicatos en los contratos colectivos de trabajo en Italia como una etapa a ser superada y nunca como un enemigo en la lucha política por la universalización del derecho a la salud. También nos enseñó que la lucha por la salud es parte de la lucha por la democracia, y que solo se alcanzará a través de la universalización de los derechos y de la construcción de sistemas públicos nacionales.

En un momento en que los organismos de cooperación internacional se inclinan ante los intereses mercantiles, sustituyendo la defensa del derecho universal a la salud por una corruptela denominada cobertura universal a la salud, nada más actual que la lectura de la obra de Giovanni Berlinguer. Allí se puede ver que esa propuesta no es más que una forma actualizada de la disputa por la preservación de la hegemonía del sector capitalista de la salud, que transforma la conquista de la bandera del sistema universal, que asegura el derecho igualitario a la salud, en una propuesta de entronización de las desigualdades, en la que cada uno tiene la cobertura "universal" que le corresponde a su poder de compra de una salud mercantilizada.

La imposibilidad de transformar la vida en mercancía y de reducir la salud a una demanda asistencial que ignora los determinantes sociales de la producción y reproducción de las clases, siempre será revolucionaria, pues instaura la contradicción que permite la formación de sujetos políticos, la profundización de su conciencia sanitaria, y la acción colectiva organizada en defensa de los sistemas universales y solidarios de prevención, regulación y atención a la salud.

Más allá de la comprensión de los procesos de salud-enfermedad y de la lucha por el derecho a la salud que nos brinda la obra de Berlinguer, resta señalar su papel como militante político que influenció definitivamente a la nueva generación de sanitaristas latinoamericanos. ¿Cómo tener tanta claridad sobre el impacto de la acumulación capitalista en el área de la salud y ser capaz de debatir con todos los interesados, articular amplias coaliciones sin perder la dirección política y mantener la claridad política e intelectual? En una región como la nuestra en la que el sectarismo nos hace tratar como enemigos a aquellos que piensan diferente de nosotros, la presencia suave de Berlinguer nos remite a la consigna de otro líder que nos enseñó que "hay que endurecerse pero sin perder la ternura jamás".

 

Giovanni y su ramo de flores

Hugo Mercer

Desde principios de la década de 1970, en diversos países de América Latina se gestaba el nacimiento de una modalidad de entender y trabajar en el campo de la Salud Pública. En algunos países se conservaba esa denominación pero en otros, para destacar la presencia de un abordaje centrado en las ciencias sociales, se prefería actuar bajo los nombres de Medicina Social o Salud Colectiva. Diferentes eventos que hicieron a la construcción de posgrados, asociaciones y congresos dieron la oportunidad de conocer y tratar algunas personas muy excepcionales por su capacidad, por sus valores y por su honestidad. Giovanni Berlinguer entre muchos, fue sin duda uno de los mejores.

En esa época eran pocos los textos accesibles dedicados a analizar el funcionamiento del poder en el espacio de la salud, la desigualdad de clase en el acceso a los servicios de salud y en la determinación de la enfermedad y la muerte, y el peso de los prejuicios y los obstáculos ideológicos sobre la salud de diversos grupos sociales. En los textos de Giovanni Berlinguer encontramos a un referente con quien cubrir esa carencia. Junto con él otros autores italianos, franceses, norteamericanos e ingleses vinieron a cubrir las necesidades que la creación de los programas de estudio planteaban en las maestrías creadas en la Universidade do Estado do Rio de Janeiro (UERJ) y en la Universidad Autónoma Metropolitana-Xochimilco (UAMX) en México DF, que luego se articularon con iniciativas que ya estaban en marcha en otras universidades.

En 1976 invitamos a Giovanni y también a Vicente Navarro a una actividad en Costa Rica que llamamos (con la irresponsable convicción de estar descubriendo un campo), Primer Seminario Internacional de Medicina Social. Giovanni aceptó la invitación y disfrutamos de ese primer encuentro. No exagero al decir que nos deslumbró con su capacidad y calidez humana. Su forma de hablar, la manera con la que hilvanaba las ideas y cómo redondeaba una explicación con ejemplos llenos de humor e ironía lo hacían cercano y comprensible. No había dureza ni dogmatismo en sus explicaciones y no necesitaba levantar la voz para convencer. Eran sus valores los que nos conmovían.

Luego de ese seminario, ofreció el local de la Confederazione Generale Italiana del Lavoro (CGIL) en Ariccia, cerca de Roma, para realizar la II Conferencia de la International Association of Health Policy (IAHP). Allí llegaron participantes de muchos países y Giovanni fue un magnífico anfitrión, cuyas ideas adquirieron una resonancia global; posición que mantuvo y acrecentó a lo largo del tiempo, hasta ser convocado como uno de los integrantes de la Comisión sobre Determinantes Sociales de la Salud que condujo el Informe de la Organización Mundial de la Salud.

Lo volví a ver varias veces a lo largo de estos casi cuarenta años y siempre encontré su constante gesto de interés genuino por el otro. Pero deseo recordarlo con una imagen en especial: en 1980 se realizó la III Conferencia de la IAHP en México; vino a nuestra casa, trayendo para Alicia, mi esposa, un ramo de flores que desde entonces funciona entre nosotros como el paradigma de ramo hermoso. Lo tenemos presente ahora llamando a la puerta, sonriente y afectuoso. Elijo esa imagen de Giovanni.

 

Mensajero del futuro

Ligia Bahia

En aquellos que presenciaron y escucharon atentamente las numerosas conferencias de Giovanni Berlinguer en Brasil quedaron grabadas la autenticidad de su personalidad y la radicalidad de su pensamiento sobre el mundo en el que vivíamos. La combinación de delicadeza y compromiso político era en sí una novedad para nuestros sentidos entumecidos por discursos y acciones cinceladas por los años de plomo del régimen militar. El hombre culto y comunista se preocupaba por los detalles. Estaba atento a la traducción de sus palabras, pronunciadas en un español con fuerte acento italiano. No quería transmitir un mensaje genérico, un conjunto articulado de consignas, sino que pretendía aprender con nosotros. Al pensar, escucharnos y hablar tejía un futuro en el cual nos serían exigidos, a todos y cada uno, esfuerzos para comprender la realidad y transformarla.

El modelo ensayístico, adecuado para dar cuenta de la amplitud del pensamiento de Berlinguer, estimuló una comprensión de la democracia con la agudeza suficiente como para cuestionar el patrón societario y comprender los acuerdos distributivos, evitando los planteos que oponían una supuesta racionalidad económica contra la irracionalidad de la política. Atravesar barreras disciplinarias desbloqueó el debate, permitió disipar y absorber ideas para repensar y recrear la salud pública, a partir de la crítica sistemática al cientificismo naturalista y la reflexión sobre los valores subyacentes a categorías como normal y patológico.

La salud colectiva, que emerge como proyecto en el cual las prácticas sanitarias se organizan sobre un tejido social cuyas normas varían permanentemente, reflejó concepciones sobre la naturaleza y la finalidad de los saberes narrativos-científicos sintetizadas en modos de vivir la vida que no silencian órdenes históricos y simbólicos y consideran las especificidades sociales. Enfatizar el colectivo y negar el monopolio de los discursos biológicos en el campo de la salud tuvo sus desdoblamientos: el Estado dejaba de ser considerado como centro exclusivo de regulación de la vida y de la muerte, y se reconocía el poder instituyente de la vida social; la salud se abría al reconocimiento de diferencias, a la multidisciplinariedad; y las prácticas de salud pasaban a ser entendidas como mediciones posibles de relaciones complejas entre naturaleza y sociedad.

Berlinguer colaboró en demarcar el campo de la salud con nuevas coordenadas. Los objetos de la salud colectiva pasaron a considerar valores y diferencias producidos en los planos político y simbólico. El fin del autoritarismo, la pérdida del poder de atracción de la acción política y la contención del entusiasmo por cambios estructurales en las reformas administrativas no afectaron la jurisdicción de la salud pública, pero estimularon el patrón disciplinario de la producción de conocimiento. Se recurre nuevamente a los "modelajes", a los encuadramientos normativos, prescripciones a ser cumplidas, imitadas, como exclusivas expresiones del conocimiento científico. Las dificultades para imaginar salidas para el malestar y las desigualdades mediante aplicación de los proyectos libertarios de siglos pasados y para componer las demandas de minorías identitarias terminaron por conformar subespecialidades en la salud colectiva.

Como nos enseñó el profesor Berlinguer, la traducción, las correcciones de los conceptos son esenciales para la ciencia. Homenajearlo significa retomar el ensayo, hacer una defensa del concepto ampliado de la salud, la economía, la política, la democracia y de la concepción de sociedad no centrada en el Estado. Significa seguir adelante y dar respuesta al desafío contemporáneo, condensado en la oposición entre el individuo y el ciudadano, en la jerarquización y el contraste entre dolores y sufrimientos de grupos e individuos numéricamente minoritarios y las injusticias y discriminaciones de inmensos contingentes de poblaciones marginalizadas. La aceptación de convivir con la diversidad humana no es incompatible con la indignación y formulación de alternativas para superar un orden social desigual.

 

Lecturas y recuerdos

José Carlos Escudero

La muerte de Giovanni Berlinguer nos impulsa a las melancólicas tareas de releerlo y de recordarlo. Al leerlo, impacta su cultura vastísima, que le permitía ser sutil y matizado al criticar las nefastas consecuencias del capitalismo en la salud, sin caer en superficiales consignismos o en nebulosas abstracciones. Evocar su límpida prosa, la claridad de sus argumentos que no conspiraban contra la contundencia de sus conclusiones. En nuestro campo de la Salud Colectiva hay demasiada oscuridad en muchos textos, quizás motivada por el deseo de sus autores de parecer profundos, sin serlo. Berlinguer era a la vez profundo y fácilmente entendible.

Lo que más sobresale del recuerdo de la persona de Berlinguer son su cortesía, su ironía, la rapidez de su intelecto, su sutil sentido del humor, virtudes que escondían su rigurosa disciplina de trabajo; una asombrosa productividad, un estricto cumplimiento de compromisos asumidos. En sus viajes a Argentina siempre accedió a asumir tareas nuevas, que no se habían programado, sin importarle las horas que se agregaban a planes que de entrada ya eran exigentes. En un trato más personal, aparecían intereses suyos que revelaban la riqueza y la complejidad de su vida: la navegación a vela, el ciclismo, el estudio académico de pulgas y abejas, la cocina gourmet, la carpintería, la música: era un wagneriano apasionado, cosa extraña en una personalidad tan latina. El Berlinguer completo era más que la suma de todas estas partes, pero cada una de estas partes recibía de él un tratamiento comprometido.

Introduzco aquí una nota personal. Conocí a Berlinguer en mi exilio, pero nuestra relación se profundizó cuando empezó a viajar a Argentina tras el retorno a la democracia, con el comienzo de nuestra recuperación nacional tras varios años de genocidio y de barbarie intelectual reaccionaria hegemónica en el campo de la Salud Pública. En la preparación de estos viajes jugó un papel central el Movimiento por un Sistema Integral de Salud (MOSIS) que dirigía Horacio Barri. Berlinguer y yo empezamos a intercambiar textos de propia autoría y ocasionales visitas a las respectivas casas. Un intercambio desigual que perjudicaba a Berlinguer, quien recibía de mí una insignificante producción comparada con la suya, y porque fue él y no yo el permanente anfitrión, en la casa de Via San Giácomo, con su espléndida ubicación y biblioteca. Berlinguer era un bibliófilo, que siempre descartó la preocupación de sus arquitectos amigos sobre el peso de tanto libro sobre la medieval arquitectura del edificio, que terminaría no resistiendo tanta carga.

Con su sentido del humor, que incluía el no tomarse a sí mismo demasiado en serio –virtud que los famosos suelen no tener– Berlinguer decía que sus críticos se quejaban de que siempre estaba escribiendo el mismo libro. Un análisis de lo que publicó revela que se ocupó de la historia de la salud y de la epidemiología, la bioética, la salud laboral, la política científica, el ambiente, la parasitología, la forma de actuar y las reacciones que genera la enfermedad; todo esto analizado con una inteligencia y una cultura excepcionales. Además, Berlinguer se definía a sí mismo como un político y como alguien que desea cambiar el mundo. Con los antecedentes de un abuelo militante, de su padre parlamentario, y militante él mismo en el Partido Comunista Italiano del cual su hermano Enrico fue Secretario General, Berlinguer dedicó mucho tiempo a la divulgación de su pensamiento en medios de comunicación masiva, como lo demuestran los centenares de notas sobre salud que publicó.

A Giovanni Berlinguer le ha tocado morir en un tiempo aciago para los europeos progresistas. Su propio país, el de Garibaldi, Cavour, Gramsci y Togliatti, fue durante muchos años el país de Berlusconi. El Estado de bienestar europeo está siendo desmantelado, mientras las soberanías nacionales y especialmente las reivindicaciones progresistas en ellas están siendo neutralizadas por el Banco Central Europeo, el Fondo Monetario Internacional y la banca privada. Al mismo tiempo, la OTAN europea bombardea o desestabiliza países cuyos habitantes tienen pieles oscuras y profesan ideologías equivocadas.

 

El constructor

Pedro Luis Castellanos

Aunque no estoy del todo seguro, creo que la primera persona a quien escuché hablar sobre Giovanni Berlinguer como académico y como luchador social fue Sergio Arouca. Probablemente a mediados de la década de 1970, cuando el movimiento sanitario brasileño luchaba por reconquistar las libertades democráticas, que desembocaron en la reforma constitucional de 1988 y en la reforma sanitaria consiguiente.

Por intermedio de Juan Cesar García, Miguel Márquez y Mario Testa, tuvimos referencias sobre las luchas del movimiento de los trabajadores italianos por la reforma del sistema de salud en las décadas de 1960 y 1970, bajo las ideas inspiradoras de Berlinguer sobre "una reforma para la salud". Habíamos conocido algunos textos y discursos de Berlinguer sobre dicha reforma, sobre la salud de los trabajadores y sobre su concepción acerca de la salud, claramente vinculada a las condiciones de vida y de trabajo. Eran los años en que emergió el llamado "eurocomunismo" –cuyas ideas compartía Berlinguer– y los debates sobre la democracia, el pluralismo y las estrategias de contrahegemonía en países capitalistas desarrollados y la transición al socialismo polarizaban y proliferaban en el seno de los movimientos sociales y, en muchos casos, provocaban divisiones y confrontaciones.

Conocí personalmente a Giovanni Berlinguer en 1979, cuando en Arichia, Italia, se realizó el encuentro de la International Association of Health Policy (IAHP). Había discrepancias entre las delegaciones que representábamos a América Latina y las de países europeos. La victoria sandinista en Nicaragua y el fuerte compromiso de todos los presentes en apoyo del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) conformó un entorno favorable; pero la experiencia y la capacidad política de Berlinguer, unidas a sus características personales, resultaron decisivas para fortalecer la unidad y el posterior desarrollo de este diverso y plural movimiento de la Medicina Social en ambos continentes.

A partir de entonces nos interesamos más por sus aportes. Como su presencia en encuentros latinoamericanos de Medicina Social se hizo familiar, tuvimos varias oportunidades de conversar acerca de la salud de nuestros países y los movimientos sociales que propugnaban por el derecho a la salud y por sociedades más justas y democráticas.

Conocimos buena parte de su obra escrita: Medicina y política, Malaria urbana, La reforma sanitaria, Ética de la salud, La enfermedad, y otros más recientes relativos a la determinación social de la salud, la bioética y la ética en la cotidianidad. Pocos temas de interés social escaparon a sus comentarios y aportes pero en lo personal siempre me impresionó su permanente disposición al diálogo respetuoso y sincero, a construir la unidad en la diversidad de experiencias y puntos de vista entre los sectores progresistas de la salud.

Giovanni Berlinguer sintetizó el rigor del académico, el compromiso del militante político vinculado al movimiento obrero, y la convicción y habilidad de un constructor del encuentro unitario de lo diverso y plural de los movimientos progresistas.

Era un político maduro que nunca perdía de vista los resultados finales que todos buscábamos y que se esforzaba por sumar, por construir viabilidad política y por convertir en políticas públicas las ideas que en torno a la salud y los sistemas de salud emergían de los movimientos sociales.

Esas cualidades lo llevaron a roles protagónicos, durante décadas, tanto en las luchas que establecieron el Servizio Sanitario Nazionale italiano, como en el desarrollo de la Medicina Social a nivel internacional y más recientemente en la Comisión sobre Determinantes Sociales de la Salud en la Organización Mundial de la Salud.

Universidad Nacional de Lanús Lanús - Buenos Aires - Argentina
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